martes, 17 de septiembre de 2013

EL HOMBRE Y LAS CUATRO REGLAS


Treinta y tres mil millones de euros menos para las pensiones en los próximos años. Así andan las previsiones de los sabios que se han quedado en las cuatro reglas de la escuela. Y la comisión de expertos entrega las cuentas al ministerio, este las pasa por el manto de la virgen del Rocío y, sin más, milagro los jueves. Olé los cojones de nuestros enterados.
Con estos nuevos ajustes de cuentas dicen que se equilibran los gastos y los ingresos y que se protege el sistema. ¡Qué razón tienen! Yo no les puedo poner ni un pero siquiera. No ingresas, no se te da; ingresas, pues se te devuelve.
Es el capitalismo, capullos; es la estricta aplicación de un sistema que considera al ser humano como una unidad productiva y nada más, que sobrepone los números a todo lo demás y que alcanza la bondad o la maldad en el asunto de los balances y del PIB. O sea, que anula el resto de valores humanos, o al menos no los considera y los ridiculiza. Por eso, por analogía, defienden que el señor Botín se jubile con todos los millones que le quepan en su cartilla o que los directivos de las entidades financieras hagan otro tanto: son los campeones y los que más han generado en las operaciones de capital. Es de una lógica aplastante, coño. ¿Por qué los imbéciles que defienden estas teorías se quejan cuando no les toca casi nada en el reparto? ¿Acaso es que no alcanzan el grado de alfabetización, o es que están anegados del egoísmo más ramplón, estúpido y majadero? ¿No queríais liberalismo? Pues, hala, un par de tazas para ir tirando. La señora devota de la virgen del Rocío, Fátima Báñez (no sé yo cómo irá esta lucha entre advocaciones marianas), no hace otra cosa que aplicar su manera de pensar, o al menos de actuar, porque eso de pensar no lo hace cualquiera.
Vuelvo la vista a Marx, a aquel judío trasnochado y perdido en teorías anticuadas (eso dicen ellos) y observo que se cumplen sus advertencias hasta la última letra. Pero, claro, ya se sabe, en el siglo veintiuno, hablar de ricos y de pobres está pasado de moda. La madre que los trajo al mundo, con perdón para esas madres.
Y lo peor de todo es que se ha conseguido que los de a pie sigan al pie de la letra las consignas, echen sus pasos al mundo del comercio que más los esclaviza y gasten sus energías en la cadena antropofágica que los devora como números sin alma.
Todavía a uno le da por pensar de vez en cuando que el ser humano es algo más que dinero, que, por ir a lo menudo y poner algún ejemplo visible, el parque de esta ciudad estrecha que se llama Béjar no puede estar un mes entero cerrado al paseo de los mayores, pues es casi su único esparcimiento, tan solo para que unos bares saquen unas perras de más y unos ciudadanos se sienten allí a contribuir al invento con sus consumiciones; o que las ayudas a la dependencia se minimicen dejando a los ancianos a la intemperie; o que apenas se les dé otro futro que el de la peor bazofia televisiva.
Si no tienen otra visión más amplia del ser humano (de los que no pueden, claro, que los otros se lo buscan por su cuenta), que no disimulen, que anulen las pensiones, o que se animen a las incineraciones masivas; inmediatamente ahorrarían mucho más dinero y equilibrarían las cuentas; o que cierren hospitales e inviten a los mayores a dejar de molestar en esta vida. ¿No advierten que el equilibrio y la “prosperidad” se alcanzarían en un periquete? Pero qué burros son.
Son burros en lo de las cuentas. Pero son burros sobre todo en la consideración de desprecio hacia el ser humano por el hecho de serlo. Hay que hacerse a sí mismo, piensan, y el que no se haga a sí mismo que se quede por el camino. Si al menos se aplicaran a sí mismos este principio… La realidad enseña que, en cuanto se sienten ellos en necesidades, acuden a la ayuda común como pordioseros vestidos de lástima y con cara de compasión.
Siempre he pensado que la vida se puede reducir a una carrera en la que, si no se sale de la misma raya y en igualdad de condiciones, todo lo demás es simplemente una colosal mentira. También pienso que en el camino no todo el mundo se espabila igual y que distintos esfuerzos deberían llevar a distintos resultados. Pero primero es el punto de partida. Y a que se cumpla esa igualdad de condiciones hay que dedicar los mejores esfuerzos. Si además conseguimos entender que no hay caminos solitarios, y que es más gozoso si lo hacemos en compañía y amistad, la senda se abre y se allana casi toda.
Advertía Miguel Hernández en uno de sus poemas de guerra: “El hambre, tened presente el hambre.” A veces los ejércitos están armados con bombas de racimo y no son precisamente de metal.

Quien me conozca puede pensar que no es mi caso, que yo puedo llegar a fin de mes y que no soy el más apropiado para la protesta. Le aconsejo que se abstenga de tan rastreros y estrechos pensamientos.

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