jueves, 28 de junio de 2012

COMO SORPRENDIDO


Leo y escucho en las últimas semanas, de parte del presidente del Gobierno, que “se necesita más Europa”. Incluso, alguna vez incluye en sus peticiones elementos de tipo social y hasta político. Me sorprendo -hasta donde me puedo ya sorprender- y me pregunto qué ha pasado para que las funciones anden tan cambiadas.
Los que tengan algún año más a sus espaldas podrán recordar qué pasaba en este país en los años primeros de la democracia, aquellos en los que se miraba a Europa pero no se tocaba pues era un caramelo muy sabroso para unos y algo endemoniado para otros. Era, sin duda, la izquierda política la que empujaba hacia más allá del Pirineo, en busca de libertades, de costumbres y de escalas de valores que aquí estaban ocultas y prohibidas. En la derecha existía mucho más recelo, sobre todo en la parte más eclesiástica, lo que equivale a decir en casi toda ella. Curiosamente, para mí, en términos económicos, se produjeron dos hechos posteriores en los que la derecha tuvo mayor protagonismo. Me refiero a la llegada del euro, en gobierno de derechas, y a la defensa de una sensación de mayor unidad dentro del territorio peninsular. Idea de la que parece que la izquierda ha desistido y así le va.  Los datos se pueden interpretar, pero primero hay que describirlos para no llamarnos a engaño.
Seguramente hoy “más Europa” no significa exactamente lo mismo que hace treinta y cinco años, pero, básicamente, estamos pensando en algo parecido.
Para una persona de izquierdas, Europa debería progresar en la unión social y política, en la proximidad de derechos y de obligaciones, en crear ciudadanos semejantes tanto en la zona nórdica como en las orillas del mar Mediterráneo, en entender que sentirse europeo es compartir derechos de dignidad y de democracia, en observar que es la razón la que debe constituir el núcleo y la potencia del viejo continente, en dibujar, al fin, un territorio moral y social en el que reconocerse y ayudarse.
No estoy nada seguro de que, para una persona de derechas, signifique lo mismo. El análisis no es para treinta líneas, pero mi impresión es la de que le cuesta traspasar los límites del mercado y de los números, de la prima de riesgo y de lo que ordenen los mercados; y, aun para eso, solo se ponen de acuerdo enseñando los dientes y el poder de cada uno. Obsérvese que ahora la mayor parte de los gobiernos europeos es de derechas. Escaso bagaje este si se buscara de verdad un avance en la Unión.
Me llaman la atención muchas cosas, pero quiero apuntar solamente dos y en esbozo.
 La primera me la sugiere nuestro presidente del Gobierno. Parece que solo nos conmovemos cuando la tormenta cae toda dentro de nuestras fincas, ahora nos acordamos de santa Bárbara porque andamos muertos de miedo. La solidaridad hay que buscarla siempre y el concepto hay que defenderlo también cuando nos rasque el bolsillo. Porque, muy por encima de los mercados y de su aparente poder, tenemos que considerar el valor del ser humano y su convivencia en positivo y no enfrentándose cada día para ver quién sobrevive como el más fuerte de la manada.
La segunda me la provoca la izquierda, si es que queda por ahí algo de izquierda. ¿Ni en estas condiciones de casi catástrofe es capaz de plantear que existen otras posibilidades de encarar la vida en las comunidades? ¿Es que ni siquiera en esta situación se va a plantear el valor positivo o negativo de este sistema en el que nos movemos? ¿Realmente la izquierda cree en que existe alguna otra posibilidad de sistema? ¿Será que le faltan fuerzas para proponerlo y para gritarlo en público?
Mientras tanto, los líderes se juntan para ver la forma de calmar un poco a los mercados, a esas manadas de cuervos que alimentan día a día con sus normas y sus políticas, y de los que ahora se asustan porque les debe de dar vergüenza ver cómo se los comen como en una tapita de bar.
Para que el espectáculo no decaiga, montamos el circo de la eurocopa con la que nos distraemos en una grada inmensa de circo contemporáneo. A ver si al menos la ganamos.

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